
ÐÅÍÅ ÃÅÍÎÍ
íåçàìå÷åííûé àâàòàðà èíòåëëåêòóàëüíîé ðåñòàâðàöèè
ãëàâíûé àâòîðèòåò îíòîëîãè÷åñêîãî íîíêîíôîðìèçìà
ðåâîëþöèîíåð, îñòàâèâøèé äàëåêî ïîçàäè ñåáÿ âñå ìàñøòàáíûå ôèãóðû òîòàëüíîãî íåñîãëàñèÿ
Ðåíå Ãåíîí
LA CAVERNA Y EL LABERINTO
En un libro reciente (2),
W. F. Jackson Knight expone interesantes investigaciones que tienen por
punto de partida el pasaje del libro VI de la Eneida donde se describen
las puertas del antro de la Sibila de Cumas: ¿por qué el
laberinto de Creta y su historia están figurados en esas puertas?
El autor se niega con razón a ver en ello, como lo han hecho algunos
que no van más allá de las concepciones “literarias” modernas,
una simple digresión más o menos inútil; estima, al
contrario, que ese pasaje debe tener un valor simbólico real, fundándose
en una estrecha relación entre el laberinto y la caverna, vinculados
ambos con la misma idea de un viaje subterráneo. Esta idea, según
la interpretación que el autor da de hechos concordantes pertenecientes
a épocas y regiones muy diversas, habría estado originariamente
en relación con los ritos funerarios y luego, en virtud de cierta
analogía, habría sido transportada a los ritos iniciáticos;
volveremos más en particular sobre este punto en lo que sigue, pero
debemos antes formular algunas reservas sobre el modoen que el autor concibe
la iniciación. Parece, en efecto, encararla únicamente como
un producto del "pensamiento humano”, dotado por otra parte de una vitalidad
que le asegura una especie de permanencia a través de las edades,
aun si a veces no subsiste, por así decirlo, sino en estado latente;
no tenemos necesidad alguna, después de todo cuanto hemos ya expuesto
acerca de este asunto, de mostrar una vez más la insuficiencia de
ese punto de vista, ya por el solo hecho de que no tiene en cuenta los
elementos “sobrehumanos”, que en realidad constituyen precisamente lo esencial.
Insistirernos solo en esto: la idea de una subsistencia en estado latente
trae aparejada la hipótesis de una conservación en un “subconsciente
colectivo”, tomada de ciertas teorías psicológicas recientes;
como quiera que se opine acerca de éstas, hay en todo caso, en la
aplicación así efectuada, un completo desconocimiento de
la necesidad de la “cadena” iniciática, es decir, de una transmisión
efectiva e ininterrumpida. Cierto es que hay otra cuestión que es
preciso guardarse de confundir con aquélla: ha podido ocurrir a
veces que cosas de orden propiamente iniciático llegaran a expresarse
a través de individualidades que no eran conscientes en modo alguno
de su verdadera significación, y nos hemos explicado anteriormente
sobre ello con motivo de la leyenda del Graal (3); pero,
por una parte, eso nada tiene que ver con lo que es la realidad de la iniciación
misma, y, por otra, no podría entenderse así el caso de Virgilio,
en quien hay, como en Dante, indicaciones demasiado precisas y demasiado
manifiestamente conscientes para que sea posible admitir que haya sido
extraño a toda vinculación iniciática efectiva. Aquello
de que aquí se trata nada tiene que ver con la "inspiración
poética” tal como se la entiende en la actualidad, y a este respecto
Jackson Knight está por cierto demasiadamente dispuesto a compartir
los puntos de vista “literarios” a los cuales, sin embargo, su tesis se
opone en lo demás; pero no por eso hemos de desconocer todo el mérito
que corresponde a un autor universitario por tener el valor de abordar
ese tema, e incluso, simplemente, de hablar de iniciación.
Dicho esto, volvamos a la
cuestión de las relaciones entre la caverna funeraria y la caverna
iniciática: aunque esas relaciones sean ciertamente reales, la identificación
de ambas, en cuanto a su simbolismo, no representa sino, cuando mucho,
una media verdad. Observemos, por lo demás, que, inclusive desde
el mero punto de vista funerario, la idea de hacer derivar el simbolismo
del ritual en lugar de ver, al contrario, en el ritual mismo el simbolismo
en acción, como en realidad es, pone ya al autor en grandes dificultades
cuando comprueba que el viaje subterráneo va seguido casi siempre
de un viaje al aire libre, representado por muchas tradiciones como una
navegación; esto seria inconcebible, en efecto, si no se tratara
sino de la descripción por imágenes de un rito sepulcral,
pero, en cambio, se explica perfectamente cuando se sabe que se trata en
realidad de las fases diversas atravesadas por el ser en el curso de una
migración que es real y verdaderamente “de ultratumba”, y que no
concierne en nada al cuerpo que ese ser ha dejado tras de si al abandonar
la vida terrestre. Por otra parte, en razón de la analogía
existente entre la muerte entendida en el sentido ordinario y la muerte
iniciática, de que hemos hablado en otra oportunidad, una misma
descripción simbólica puede aplicarse por igual a lo que
ocurre al ser en uno y otro caso; tal es, en cuanto a la caverna y al viaje
subterráneo, la razón de la asimilación antes establecida,
en la medida en que está justificada; pero, en el punto en que ella
debe legítimamente detenerse, nos hallamos todavía en los
preliminares de la iniciación y no en la iniciación misma.
En efecto, nada más
que una preparación para ella puede verse, en estricto rigor, en
la muerte al mundo profano seguida del “descenso a los Infiernos”, el cual,
claro está, es la misma cosa que el viaje al mundo subterráneo
al cual da acceso la caverna; y, en lo que hace a la iniciación
misma, lejos de ser considerada como una muerte, lo es al contrario como
un “segundo nacimiento”, y como un paso de las tinieblas a la luz. Pero
el lugar de este nacimiento es también la caverna, por lo menos
en los casos en que la iniciación se efectúa en ella, real
o simbólicamente, pues va de suyo que no hay que generalizar demasiado,
y que, como en el caso del laberinto, al cual nos referiremos en seguida,
no se trata de algo necesariamente común a todas las formas iniciáticas
sin excepción. Lo mismo aparece; por lo demás, incluso exotéricamente,
en el simbolismo cristiano de la Natividad, con igual nitidez que en otras
tradiciones; y es evidente que la caverna como lugar de nacimiento no puede
tener precisamente la misma significación que la caverna como lugar
de muerte o sepultura. Se podría hacer notar, sin embargo, por lo
menos para vincular entre sí esos aspectos diferentes y hasta en
apariencia opuestos, que muerte y nacimiento no son, en suma, sino las
dos faces de un mismo cambio de estado, y que el paso de un estado a otro
se considera siempre como que debe efectuarse en la oscuridad (4);
en este sentido, la caverna seria más exactamente, pues, el lugar
mismo de ese tránsito: pero esto, aun siendo estrictamente verdadero,
no se refiere aún sino a uno de los aspectos de su complejo simbolismo.
Si el autor no ha logrado
ver el otro aspecto de este simbolismo, ello se debe muy probablemente
al influjo ejercido sobre él por las teorías de ciertos “historiadores
de las religiones” : siguiendo a és-tos admite, en efecto, que la
caverna deba vincularse siempre a los cultos “ctonios”, sin duda por la
razón, algo demasiado “simplista”, de que esta situada en el interior
de la tierra; pero esto está muy lejos de la verdad.(5)
Con todo, nuestro autor no puede menos de advertir que la caverna iniciática
se da ante todo como una imagen del mundo(6), pero su
hipótesis le impide sacar la consecuencia que sin embargo se impone,
a saber : siendo las cosas así, la caverna debe formar un todo completo
y contener en sí misma la representación del cielo tanto
como de la tierra; si ocurre que el cielo se mencione expresamente en algún
texto o figure en algún monumento como correspondiente a la bóveda
de la caverna, las explicaciones propuestas a este respecto se tornan a
tal punto confusas y poco satisfactorias que ya no es posible seguirlas.
La verdad es que, muy lejos de constituir un lugar tenebroso, la caverna
iniciática está iluminada interiormente, de modo que, al
contrario, la oscuridad reina fuera de ella, pues el mundo profano se asimila
naturalmente a las "tinieblas exteriores” y el “segundo nacimiento” es
a la vez una “iluminación”.(7) Ahora, si se pregunta
por qué la caverna es considerada así desde el punto de vista
iniciático, responderemos que la solución se encuentra, por
una parte, en el hecho de que el símbolo de la caverna es complementario
con respecto al de la montaña, y, por otra, en la relación
que une estrechamente el simbolismo de la caverna con el del corazón;
nos proponemos tratar por separado estos dos puntos esenciales, pero no
es difícil comprender, después de cuanto hemos tenido ya
ocasión de decir en otros lugares, que todo eso está en relación
directa con la figuración misma de los centros espirituales.
Pasaremos por alto otras cuestiones
que, por importantes que sean en sí mismas, no intervienen aquí
sino accesoriamente, como por ejemplo la de la significación de
la “rama de oro”; es muy discutible que pueda identificársela, salvo
en un aspecto muy secundario, con el bastón o la varita que en formas
diversas se encuentra muy generalmente en el simbolismo tradicional (8).
Sin insistir más en ello, examinaremos ahora )o que concierne al
laberinto, cuyo sentido puede parecer aún más enigmático,
o al menos más disimulado, que el de la caverna, y las relaciones
existentes entre ésta y aquél.
El laberinto, como bien lo
ha visto Jacksor Knight, tiene una doble razón de ser, en cuanto
permite o veda, según los casos, el acceso a determinado lugar donde
no todos pueden penetrar indistintamente; solo los que están "cualificados”
podrán recorrerlo hasta el fin, mientras que los otros se verán
impedidos de penetrar o extraviarán el camino. Se ve inmediatamente
que hay aquí la idea de una “selección”, en relación
evidente con la admisión a la iniciación misma: el recorrido
del laberinto no es propiamente, pues, a este respecto, sino una representación
de las pruebas iniciáticas; y es fácil comprender que, cuando
servia efectivamente como medio de acceso a ciertos santuarios, podía
ser dispuesto de tal manera que los ritos correspondientes se cumplieran
en ese trayecto mismo. Por otra parte, se encuentra también la idea
de “viaje”, en el aspecto en que esa idea se asimila a las pruebas mismas,
como puede verificárselo aún hoy en ciertas formas iniciáticas,
la masonería por ejemplo, donde cada una de las pruebas simbólicas
se designa, precisamente, como un “viaje”. Otro simbolismo equivalente
es el de la “peregrinación”; y recordaremos a este respecto los
laberintos que se trazaban otrora en las lajas del piso de ciertas iglesias,
cuyo recorrido se consideraba como un "sustituto" del peregrinaje a Tierra
Santa; por lo demás, si el punto en el que termina ese recorrido
representa un lugar reservado a los "elegidos”, ese lugar es real y verdaderamente
una “Tierra Santa” en el sentido iniciático de la expresión:
en otros términos, ese punto no es sino la imagen de un centro espiritual,
como todo lugar de iniciación lo es igualmente (9).
Va de suyo, por otra parte,
que el empleo del laberinto como medio de protección o defensa admite
aplicaciones diversas, fuera del dominio iniciático; así,
el autor señala particularmente su empleo "táctico” a la
entrada de ciertas ciudades antiguas y otros lugares fortificados. Solo
que es un error creer que en este caso se trate de un uso puramente profano,
el cual incluso hubiera sido cronológicamente el primero, para sugerir
luego la idea de una utilización ritual; hay en esta idea, propiamente,
una inversión de las relaciones normales, conforme, por otra parte,
a las concepciones modernas pero solo a ellas, y que por lo tanto es enteramente
ilegítimo atribuir a las civilizaciones antiguas. De hecho, en toda
civilización de carácter estrictamente tradicional, todas
las cosas comienzan necesariamente por el principio o por lo que es más
próximo a él, para descender luego a aplicaciones cada vez
más contingentes; y, además, inclusive estas últimas
no se encaran jamás desde un punto de vista profano, que no es,
según lo hemos explicado a menudo, sino el resultado de una degradación
por la cual se ha perdido la conciencia de la vinculación de esas
aplicaciones con el principio. En el caso de que se trata, podría
fácilmente percibirse que hay algo distinto de lo que verían
los “tácticos” modernos, por la simple observación de que
ese modo de defensa, “laberíntico”, no se empleaba solamente contra
los enemigos humanos sino también contra los influjos psíquicos
hostiles, lo que indica a las claras que debía tener por si mismo
un valor ritual.(10) Pero hay más todavía:
la fundación de las ciudades, la elección de su sitio y el
plan según el cual se las construía se hallaban sometidos
a reglas pertenecientes esencialmente a la “ciencia sagrada” y, por consiguiente,
estaban lejos de responder solo a fines “utilitarios", por lo menos en
el sentido exclusivamente material que se da actualmente a esa palabra;
por completamente extrañas que sean estas cosas a la mentalidad
de nuestros contemporáneos, es preciso sin embargo tomarlas en cuenta,
sin lo cual quienes estudian los vestigios de las civilizaciones antiguas
jamás podrán comprender el verdadero sentido y la razón
de ser de lo que observan, aun en lo que corresponde simplemente a lo que
se ha convenido en llamar hoy el dominio de la "vida cotidiana”, pero que
entonces tenía también, era realidad, un carácter
propiamente ritual y tradicional.
En cuanto al origen del nombre
del “laberinto”, es bastante oscuro y ha dado lugar a muchas discusiones;
parece que, al contrario de lo que algunos han creído, no se relaciona
directamente con el nombre de la lábrys o doble hacha cretense,
sino que ambas derivan igualmente de una misma palabra muy antigua que
designaba la piedra (raíz la-, de donde lâos
en griego, lapis en latín), de suerte que, etimológicamente,
el laberinto podría no ser en suma otra cosa que una construcción
de piedra, perteneciente al género de las construcciones llamadas
“ciclópeas”. Empero, no es ésa sino la significación
más exterior de la palabra, que, en sentido más profundo,
se vincula al conjunto del simbolismo de la piedra, al cual hubimos de
referirnos en diversas oportunidades, sea con motivo de los “betilos”,
sea con motivo de las “piedras del rayo” (identificadas, precisamente,
con el hacha de piedra o Lábrys), y que presenta aún
muchos otros aspectos. Jackson Knight lo ha entrevisto por lo menos, pues
alude a los hombres “nacidos de la piedra” (lo que, señalémoslo
de paso, da la explicación de la palabra griega laós ('pueblo,
gente'), de lo cual la leyenda de Decaulión ofrece el ejemplo más
conocido: esto se refiere a cierto período un estudio más
preciso del cual, si fuera posible, permitiría seguramente dar a
la llamada “edad de piedra” un sentido muy otro del que le atribuyen los
prehistoriadores. Por otra parte, esto nos reconduce al tema de la caverna,
la cual, en cuanto excavada en la roca, natural o artificialmente, está
también muy próxima a ese simbolismo (11);
pero debemos agregar que ésta no es razón para suponer que
el mismo laberinto haya debido también forzosamente ser excavado
en la roca : aunque haya podido serlo en ciertos casos, ello no es sino
un elemento accidental, podría decirse, y no entra en su definición,
pues, cualesquiera sean las relaciones entre el laberinto y la caverna,
importa no confundirlos, sobre todo cuando se trata de la caverna iniciática,
que aquí consideramos más en particular.
En efecto, es muy evidente
que, si la caverna es el lugar en que se cumple la iniciación misma,
el laberinto, lugar de las pruebas previas, no puede ser sino el camino
que conduce a ella, a la vez que el obstáculo que veda el acercamiento
a los profanos "no cualificados”. Recordaremos, por otra parte, que en
Cumas el laberinto estaba representado en las puertas, como si, de alguna
manera, esa figuración sustituyera al propio laberinto(12);
y podría decirse que Eneas, mientras se detiene a la entrada para
contemplarla, recorre en efecto el laberinto, mental ya que no corporalmente.
Por otra parte, no parece que ese modo de acceso haya sido siempre exclusivamente
reservado para santuarios establecidos en cavernas o asimilados simbólicamente
a e}las, pues, como lo hemos explicado ya, no se trata de un rasgo común
a todas las formas tradicionales; y la razón de ser del laberinto,
tal como la hemos definido antes, puede convenir igualmente a los aledaños
de todo lugar de iniciacion, de todo santuario destinado a los “misterios”
y no a los ritos públicos. Formulada esta reserva, hay sin embargo
una razón para suponer que, en el origen por lo menos, el empleo
del laberinto -haya de haber estado más particularmente vinculado
con la caverna iniciática: pues uno y otra parecen haber pertenecido
al comienzo a las mismas formas tradicionales, las de esa época
de los “hombres de piedra” a que aludíamos poco ha; habrían
comenzado, pues, por estar estrechamente unidos, aunque no lo hayan quedado
invariablemente en todas las formas ulteriores.
Si consideramos el caso en
que el laberinto está en conexión con la caverna, ésta,
a la cual rodea con sus repliegues y en la cual finalmente desemboca, ocupa
entonces, en el conjunto así constituido, el punto más interno
y central, lo que corresponde perfectamente a la idea de un centro espiritual,
y concuerda además con el equivalente simbolismo del corazón,
sobre el cual nos proponemos volver. Ha de hacerse notar aún que,
cuando la misma caverna es a la vez el lugar de la muerte iniciática
y el del “segundo nacimiento”, debe entonces ser considerada como acceso
no solo a los dominios subterráneos o “infernales", sino también
a los dominios supraterrestres; esto también responde a la noción
del punto central, que es, era el orden “macrocósmico", al igual
que en el “microcósmico”, aquel donde se efectúa la comunicación
con todos los estados superiores e inferiores; y solamente así la
caverna puede ser, según lo hemos dicho, la imagen completa del
mundo, en cuanto todos esos estados deben reflejarse igualmente en ella;
de no ser así, la asimilación de su bóveda al cielo
seria absolutamente incomprensible. Pero, por otra parte, si el “descenso
a los Infiernos” se cumple en la caverna misma, entre la muerte iniciática
y el “segundo nacimiento”, se ve que no puede considerarse a ese descenso
como representado por el recorrido del laberinto, y entonces cabe aún
preguntarse a qué corresponde en realidad este último: son
las “tinieblas exteriores”, a las cuales hemos aludido ya, y a las que
se aplica perfectamente el estado de “errancia”, si es lícito usar
este término, del cual tal recorrido es la exacta expresión.
Este asunto de las “tinieblas exteriores” podría dar lugar a otras
precisiones, pero nos harían traspasar los límites del presente
estudio; creemos, por lo demás, haber dicho bastante para mostrar,
por una parte, el interés que presentan investigaciones como las
expuestas en el libro de Jackson Knight, pero también, por otra,
la necesidad, para dar precisión a los resultados y captar su verdadero
alcance, de un conocimiento propiamente “técnico” de aquello de
que se trata, conocimiento sin el cual no se llegará nunca sino
a reconstrucciones hipotéticas e incompletas, que, aun en la medida
en que no estén falseadas por alguna idea preconcebida, permanecerán
tan “muertas” como los vestigios mismos que hayan sido su punto de partida.
NOTAS:
(1)Cap.
XXIX de Símbolos fundamentales de la ciencia sagrada, Eudeba-Colihue,
Buenos Aires, 19883 [Publicado en É. T., octubre
y noviembre de 1937.]
(2) W. F.
Jackson Knight, Cumaean Gates, a reference of the Sixth "Aeneid" to
lnitiation Pattern, Basil Blackwell, Oxford.
(3) (Ver
caps. III y IV.)
(4) Podría
recordarse también, a este respecto, el simbolismo del grano de
trigo en los misterios de Eleusis.
(5) Esta
interpretacion unilateral lleva al autor a una singular confusión:
cita, entre otros ejemplos, el mito shintoísta de la danza ejecutada
ante la entrada de una caverna para hacer salir de ella a la "diosa ancestral”
allí escondida; desgraciadamente para su tesis, no se trata de la
“tierra madre", romo lo cree y lo dice expresamente, sino de la diosa solar,
lo cual es enteramente distinto.
(6) En la
masonería ocurre lo mismo con la logia, cuyo nombre algunos han
relacionado incluso con la palabra sánscrita loka [‘mundo'],
lo que en efecto es exacto simbólicamente, si etimológicamente
no; pero ha de agregarse que la logia no se asimila a ]a caverna, y que
el equivalente de ésta se encuentra solo, en ese caso, al comienzo
mismo de las pruebas iniciáticas, de modo que no se le da otro sentido
que el de lugar subterráneo en relación directa con las ideas
de muerte y de "descenso”.
(7) En el
simbolismo masónico igualmente, y por las mismas razones, las “luces”
se encuentran obligatoriamente en el interior de la logia; y la palabra
loka, recién mencionada, se relaciona también directamente
con una raíz cuyo sentido primero designa la luz.
(8) Sería
ciertamente mucho más exacto asimilar esta “rama de oro” al muérdago
druídico y a la acacia masónica, para no mencionar los “ramos”
de la fiesta cristiana que lleva precisamente este nombre, en cuanto símbolo
y prenda de resurrección e inmortalidad.
(9) Jackson
Knigh menciona estos laberintos, pero no les atribuye sino una significación
simplemente religiosa; parece ignorar que su trazado no pertenecía
en modo alguno a la doctrina exotérica, sino exclusivamente al simbolismo
de las organizaciones iniciáticas de constructores.
(10) No
insistiremos, para no apartarnos demasiado de nuestro asunto, sobre la
marcha "laberíntica” de ciertas procesiones y “danzas rituales",
que, presentando ante todo el carácter de ritos de protección,
o “apotropaicos", como dice el autor, se vinculan directamente y por eso
al mismo orden de consideraciones: se trata esencialmente de detener y
desviar los influjos maléficos, por una “técnica” basada
en el conocimiento de ciertas leyes según las cuales aquéllos
ejercen su acción.
(11) ”
Las cavernas prehistóricas fueron, verosímilmente, no habitaciones,
como de ordinario se cree, sino los santuarios de los "hombres de la piedra",
entendidos en el sentido que acabamos de indicar; así, pues, la
caverna habría recibido en las formas tradicionales del período
de que se trata, y en relación con cierta “ocultación” del
conocimiento, el carácter de símbolo de los centros espirituales,
y consiguientemente de lugar de iniciación.
(12) Un
caso similar, a este respecto, es el de las figuras “laberínticas"
trazadas en paredes, en Grecia antigua, para vedar el acceso de los influjos
maléficos a las casas.
ÔÎÐÓÌ ÒÐÀÄÈÖÈß |
ÔÎÐÓÌ ÑÍÛ |
ÔÎÐÓÌ ËÈÒÅÐÀÒÓÐÀ |
ÔÎÐÓÌ ÃÅÎÏÎËÈÒÈÊÀ |
ÔÎÐÓÌ ÑÒÀÐÎÂÅÐÈÅ |
ÐÅÑÓÐÑÛ ÌÅÒÀÔÈÇÈÊÀ |
ÐÅÑÓÐÑÛ ÝÐÎÒÈÊÀ |
ÐÅÑÓÐÑÛ ËÈÒÅÐÀÒÓÐÀ |
ÐÅÑÓÐÑÛ ÏÎËÈÒÈÊÀ-ÃÅÎÏÎËÈÒÈÊÀ font> |